Una de las
definiciones que más me ha gustado de la palabra sinceridad ha sido:
“Modo de expresarse
libre de fingimiento“
Creo que lo que más
me ha llamado la atención de la descripción ha sido que además de entender que ser sincero es hablar sin fingir, la sinceridad en ocasiones ayuda a darte cuenta de que hasta ese momento sincero, se estaba fingiendo.
¿Realmente es
necesario saber siempre la verdad? ¿Es un acto de valentía contarla siempre?
Claro, estas preguntas provocan varios puntos de vista...
Cuando vives una
situación no real, saber la verdad debería ser obligatorio, por ti y porque a
nadie le gusta ser el hazme-reír de los que la conocen.
Cuando descubrir la
verdad provoca que me sienta defraudada, elijo no saberla. De verdad: puedo
seguir viviendo en la ignorancia de según que temas!
Para los que
pensamos como yo existe el término “mentira piadosa”, esa que trata de hacer más
digerible una dolorosa verdad con el único fin de causar el menor daño posible.
Cuando sufrimos un
ataque de sinceridad, deberíamos primero valorar las consecuencias que ese
gesto provocará. Todos sabemos cuando una verdad va a ser incomoda para el que
la va a recibir, así que pienso que solo debemos utilizar la sinceridad
absoluta, si tenemos la certeza de que vamos a ayudar.
Y en ese caso,
tener preparado un plan B para después consolar.
También creo que
como muchas situaciones en esta vida, la sinceridad tiene su tiempo. Una vez
pasado ese tiempo prudencial, más o menos standard para todos, ya no es
sinceridad, entonces es remover un pasado molesto con la finalidad de
liberarnos del peso de nuestro conocimiento.
Cuando pasados los
años alguien decide ser sincero, solo piensa en su conciencia y no en el daño o
molestia que eso puede ocasionarte.
Existe un tiempo en el que es muy importante para nosotros que nos cuenten las cosas con la mayor sinceridad posible, lo reclamamos, lo suplicamos si es necesario, pero pasado ese tiempo, o te aseguras de encontrar la mejor manera de sincerarte, para que el tiempo pasado sin contarlo esté totalmente justificado, o es mejor no explicarlas nunca.
Hace unos días sufrí un: "¿Porqué me lo ha contado?” de un amigo que primero me puso en sobre aviso de que iba a ser sincero conmigo,
confiando en que no lo explicaría a nadie.... y cuando acabó su exposición de
sinceridad me dí cuenta de que la persona a la que no tenía que habérselo explicado
nunca, era a mí.
Hay que sopesar las consecuencias del uso de la sinceridad. Hay que tener en cuenta la situación de tu interlocutor para evitar crearle un nuevo frente después de escucharte.
Lo que menos bien puede hacer en según que momentos, es una exposición de sinceridad.
Alardear de ser una
persona muy sincera no es sinónimo de ser mejor.
El no serlo tampoco tiene que
ir acompañado del término hipocresía.
Debemos saber cuando sincerarnos y cuando
no; cuando alguien debe saber la verdad y cuando sin ocultarla, debemos maquillarla.
No hay que mentir, estoy
de acuerdo, pero por favor:
Sinceridad si es necesaria, a su tiempo y en ocasiones delicadas: con cuidado!

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