"La felicidad es la certeza de no sentirse perdido". (Jorge Bucay)
Pasamos nuestras
vidas buscando la felicidad, como si estuviera escondida y nuestra misión fuera
saber donde escondieron la nuestra.
A veces esperamos
que nos llegue la ansiada felicidad como si fuera un paquete envuelto en papel
de regalo: “Si consigo tener tal cosa, seré feliz”.
Lo citó Voltaire: "Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una"
Cuando era
adolescente definía la felicidad como un estado pletórico que poco menos me haría
pensar y sentir: “Ya está: lo conseguí, soy feliz y ya no necesito nada más!”.
Si me preguntaban: “¿Qué necesitarías para ser tan feliz como describes?”, me
atrevía a explicar: “Si un día tengo un Volkswagen Golf, ese día seré feliz,
porque ahora mismo me encanta y me parece dificilísimo tenerlo. Como lo considero un lujo, si llego a tenerlo significará
que tengo el resto de necesidades cubiertas”
El Golf lo tengo en
el garaje, de color blanco, fantástico, solo mío,..... Pero ahí seguí en busca
de la felicidad plena.
Otras veces dejamos
nuestra felicidad en manos de otros: “Fulanito o Menganita hará, dirá, cambiará....
y entonces seré feliz”.
También tendemos a
ponernos metas para ser felices: “Cuando acabe de pagar la hipoteca seré feliz;
cuando adelgace seré feliz, cuando, cuando.....”
Estoy aprendiendo algo
que he leído muchas veces y por lo visto he hecho caso omiso:
-No puedo considerar la felicidad como una
meta. Cuando conseguía esa meta, me creaba otra y otra, y me acostumbré a necesitar
cada vez una meta que me impedía disfrutar de la conseguida.
-No puedo responsabilizar a los demás de mi
falta de felicidad. Como tampoco puedo agradecer a los demás mis logros. Debo
ser suficientemente capaz de dirigir mi vida, mis decepciones, mis logros y mi
fracasos y debo ser consciente de que mis posibles momentos de felicidad los he
conseguido: intentando, perseverarando, respirando y volviéndolo a intentar.
-No puedo ponerme límites. Ciertamente cuando
acabe de pagar la hipoteca seré feliz, pero no puedo esperar tanto!. Mientras
que no lleguen esos momentos, debo disfrutar de los actuales. Cuando lleguen,
tengo que llegar ya feliz y añadir ese límite o meta a mi felicidad. Lo
llamaremos DOBLE FELICIDAD: la que traigo, más la conseguida!.
Si echo la vista
atrás me doy cuenta de algunos momentos felices que no he disfrutado, pensando
que todavía faltaba algo, que si pero...
No se trata de
obviar los momentos no felices y vivir en siempre en el limbo, se trata de
sopesar que a veces lo malo no es tan malo y aunque no nos sintamos felices del
todo, siempre hay algo por lo que podríamos abrir una botella de cava y
brindar, en lugar de vivir en una constante confusión entre lo que tenemos y
sentimos y lo que no tenemos y nos gustaría sentir.

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