El mayor era alto,
guapo y fuerte, el otro era era débil y contrahecho; por ello el hermano grande
despreciaba al pequeño.
Éste lo pasaba tan
mal con tantos desprecios que un día decidió emigrar lejos para así no tener
que sufrirlos nunca más.
Cuando hubo
caminado un trecho, se cruzó con un carretero y le preguntó:
- ¿Hacia donde se
dirige?
- Llevo tesoros a
unos enanos que viven en una montaña de cristal.-contestó el carretero
El pequeño le
preguntó: -¿Cuál es la recompensa?
-En pago recibiré algunos diamantes.
- ¿Cree que los
enanos me admitirán?.-preguntó interesado.
El carretero se
compadeció de él y le dijo: -Lo desconozco pero si quieres, vente conmigo.
Y el pequeño, con dificultad por su maltrecho físico pero sin otro sitio a donde ir, decidió
seguirlo hasta esa montaña.
Por fin llegaron al
monte de cristal, y el guardián de los enanos recompensó ricamente al carretero.
El pequeño contó su historia al enano y éste, compadecido y agradecido por
haber acompañado al carretero hasta allí, le dijo: -Sígueme!
Lo llevó a la
montaña de cristal repleta de diamantes y piedras preciosas, allí estaban los demás enanos y lo admitieron de buena
gana, llevando desde entonces una vida espléndida en tan rico lugar.
Ahora veamos lo que pasó con el otro hermano.
Éste, durante mucho
tiempo, lo pasó muy bien en casa. Pero cuando se hizo mayor, tuvo que ser
soldado e irse a la guerra. Fue herido en el brazo derecho y tuvo que pedir
limosna.
Así llegó también a
la montaña de cristal y vio allí a un hombre contrahecho, pero no sospechaba
que fuera su hermano. Durante tanto tiempo lo despreció y se sintió tan
superior a él, que no recordaba ni su cara.
Mas éste le
reconoció en seguida y le preguntó: -¿Qué desea?
-¡Oh!, señor,
estaré agradecido si me dais una corteza de pan, tengo mucha hambre.
-Venga conmigo- dijo el pequeño.
Y entró en la cueva
cuyas paredes refulgían de diamantes puros.
Le dijo a su hermano mayor: -Puedes tomar un puñado de ellos si eres capaz de desprender
las piedras sin ayuda.
Éste intentó con su
mano sana desprender algo de la roca de diamantes, pero naturalmente no le fue
posible.
Entonces el pequeño
le dijo:
-Tal vez tengas un
hermano, te permito que venga y te ayude.
El mendigo rompió
en llanto y dijo:
-Tuve antaño un
hermano, pequeño y contrahecho como usted y tan bueno y amable, él seguramente
me habría ayudado, pero yo le eché inhumanamente de mi lado, nuestras vidas se
separaron y no sé que fue de él...
(Cuento de Hermann
Hesse)
¿Cómo debería acabar este cuento?
¿Debe el hermano pequeño aprovechar la oportunidad de devolver el daño causado? ¿Debe de nuevo el hermano mayor conseguir su propósito, y aprovecharse de la bondad de quién un día abandonó a su suerte?
¿Cambia algo si cada uno de ellos sigue su vida? ¿Es necesario cambiar el final de las historias o podemos acabarlas cuando queramos?
¿Deben acabar todos los cuentos con el típico: "colorín, colorado" y comer todos perdices?
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Yo pienso que lo mejor es que el hermano pequeño le devuelva el daño.
ResponderEliminarGracias por tu comentario!
ResponderEliminarEs una de las opciones, pero ¿realmente vale la pena? ¿Cómo se devuelve ese daño? ¿Conseguirá el pequeño sentirse mejor?
El cuento acaba asi:
ResponderEliminar-Entonces dijo el pequeño:
-Pues yo soy tu pequeño. No sufriras mas privaciones, quedate conmigo.
Es una opción, si señora!
ResponderEliminarGracias María Eugenia! ;-))